Lifestyle, por Fernanda Bringas (muy_fer_) Producción general y Sol García Hamilton (solchugh) - Producción periodística.
Llegó agosto y levantarse cuesta un poco más. La concentración dura menos, las tareas sencillas se vuelven pesadas y hasta los planes que antes entusiasmaban empiezan a sentirse como un compromiso. El fin de semana promete una pausa, pero el lunes devuelve la misma sensación.
Mientras las empresas revisan números y muchas personas vuelven sobre las metas que escribieron en enero, hay un balance que suele quedar afuera. Contamos lo que conseguimos, lo que todavía falta y todo aquello que debería resolverse antes de diciembre, pero pocas veces observamos en qué estado llegamos hasta acá.
Así fue la presentación de Metal Lavender, la nueva fragancia de Matiere Premiere en Édition Privée“No es que la mitad del año tenga algo especial. Llegamos hasta acá arrastrando meses de decisiones tomadas con el tanque en reserva”, explica Natalia De Vita, psicóloga y executive coach. Para ella, el problema no está en sentir el cansancio, sino en haber aprendido a considerarlo una consecuencia inevitable de avanzar.
El costo que no figura entre los resultados
Cumplir una meta suele funcionar como prueba suficiente de que el esfuerzo valió la pena. Si el proyecto salió, la entrega llegó a tiempo o el objetivo se alcanzó, el proceso queda relegado. Sin embargo, un resultado también puede esconder una forma de trabajo difícil de sostener.
De Vita propone incorporar una pregunta incómoda al balance del primer semestre. No solo “¿cumplí?”, sino también “¿a qué costo?”.
“Los objetivos cumplidos no son sostenibles sin una energía equilibrada. Son un préstamo que vas a tener que pagar durante el segundo semestre, con intereses”, sostiene. Es posible terminar una etapa con todo resuelto y, al mismo tiempo, haber perdido la capacidad de continuar al mismo ritmo.
Cuando la pausa deja de reparar
El cansancio habitual tiene una salida reconocible. Después de dormir bien, bajar el ritmo o desconectarse durante algunos días, el cuerpo recupera su disposición. La diferencia comienza a notarse cuando esa respuesta ya no aparece.
“Cuando el descanso deja de reponer, empezamos a cruzar una línea. La diferencia no está solamente en cuánto trabajamos, sino en cuánta energía nos queda para recuperarnos”, señala la psicóloga.
Crawford y Gere: dos apellidos que marcaron los 90 se vuelven a unirDormir, bajar el ritmo o tomarse vacaciones puede ofrecer un alivio momentáneo. Sin embargo, si la sobrecarga, la falta de límites y la exigencia constante siguen intactas, el regreso devuelve a la persona al mismo sistema que la agotó. Por eso, uno de los mitos que De Vita busca desterrar es que el burnout desaparece con una pausa.
Las señales que aparecen antes del freno
El agotamiento no necesariamente comienza con una crisis. Muchas veces se instala en gestos pequeños que parecen no tener relación entre sí. Surge en la irritabilidad con personas que habitualmente nos caen bien, en la dificultad para seguir una conversación o leer unas páginas y en la pérdida de interés por actividades que antes esperábamos durante toda la semana.
También puede aparecer al cancelar una salida porque, cuando finalmente llega el momento, ya no quedan ganas. Al dejar mensajes sin responder, postergar decisiones sencillas o pasar una hora mirando el teléfono sin disfrutar realmente de lo que vemos.
Nada de eso impide continuar. Se puede trabajar con menos paciencia, responder sin demasiada atención y cumplir una rutina sin sentirla propia. Esa capacidad de seguir funcionando es, en parte, lo que demora el reconocimiento del problema.
Entre todas las señales, De Vita menciona una que suele pasar inadvertida. “Dejar de tener ganas de planear el futuro. Cuando el entusiasmo por lo que viene se apaga, ya hay una alerta encendida que lleva tiempo haciéndose notar”.
No siempre se manifiesta como tristeza. Puede aparecer como indiferencia. Un viaje, una salida o un proyecto dejan de generar expectativa y pasan a ocupar el mismo lugar que cualquier otra obligación. Toda la atención queda concentrada en atravesar el día.
El prestigio de estar ocupados
Durante años, una agenda llena fue leída como una credencial. Estar apurados, contestar mensajes a cualquier hora y encadenar compromisos sin espacios intermedios se convirtieron en señales visibles de importancia.
El problema aparece cuando esa velocidad deja de ser una etapa y empieza a organizar la vida. “Confundimos éxito con acumulación. De tareas, de logros y de todos los ‘sí’ que decimos”, afirma De Vita. Bajo esa lógica, nunca se llega. Siempre queda una nueva meta, una oportunidad que no conviene rechazar o una exigencia que podría elevarse un poco más.
“Gestionar el tiempo es organizar la agenda. Gestionar la energía es cuidar desde qué estado llegamos a esa agenda”, diferencia la psicóloga. Porque tener una tarde libre no sirve demasiado si no quedan atención, ganas ni disposición para vivirla.
El balance que no empieza con otra meta
Antes de organizar los próximos meses, tres preguntas pueden resultar más útiles que una nueva lista de objetivos.
Tres preguntas pueden servir como punto de partida: ¿Qué sigo haciendo por costumbre aunque ya no tenga sentido? ¿Qué actividad que antes disfrutaba empezó a sentirse como una obligación? ¿Qué podría sacar de mi agenda en lugar de volver a agregar?
“Muchas veces creemos que necesitamos más tiempo, cuando en realidad necesitamos tomar mejores decisiones sobre dónde ponemos nuestra energía”, explica la psicóloga.
El cambio no tiene que convertirse en otro desafío. Puede ser rechazar un compromiso, proteger una tarde sin planes, establecer un horario para terminar la jornada o recuperar una actividad sin medir resultados.
A mitad de año, el balance suele concentrarse en aquello que todavía falta. Los proyectos pendientes, las metas postergadas y todo lo que debería entrar en los meses que quedan. Sin embargo, también puede ser una oportunidad para reconocer qué ritmo ya no queremos sostener.
Llegar a diciembre con todos los casilleros marcados no necesariamente significa haber tenido un buen año. Antes de preguntarnos cuánto más podemos hacer, tal vez convenga decidir de qué manera queremos vivir lo que falta.